¡Qué sería de mí!

¡Qué sería de mí sin tu mirada
transparente y penetrante,
sin tu risa enamorada
que regalas cada día
a mi alma quebrantada
y en la oscuridad me guía
para no caer en los lazos del mal!

¡Qué sería de mí sin tus palabras
que derrochando van vida,
que mantienen mi esperanza
cuando casi está perdida
y en el mar de mis andanzas,
Tú eres el más fiel vigía
para no caer en negra tempestad!

¡Qué sería de mí sin esa Cruz
de amor y fuego en que lavaste
mis pecados con el agua de tu Sangre,
con el jabón de tu Cuerpo,
formidable sufrimiento
al que sólo superó el amor que diste en él!
¡Qué sería de mí si aquel sudario
abandonado en el sepulcro
no clamara a voz en grito
que la muerte has superado,
que eres el Resucitado
y que contigo un día resucitaré yo.

¡Qué sería de mí sin tu costado,
manantial inagotado,
y sin los benditos clavos
que atravesaron tu alma
por los pies y por las manos,
que anduvieron por las aguas
y curaron a aquel ciego en Jericó!


¡Qué sería de mí sin esa Cruz...!

¡Qué sería de mí si aquel sudario...!

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