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Música y jóvenes: pareja de hecho

Maite López

Introducción

Aunque perdiendo fuerza, aún está de moda en España la polémica sobre las parejas de hecho como nuevo modo de legalizar la unión entre dos personas para vivir en sociedad. Sin entrar en detalles del debate ésta realidad puede ayudarnos a entender otra unión de hecho menos regulable: la de los jóvenes y la música. Ante la evidencia de años de excelente convivencia entre ambos, no cabe otra alternativa que aceptarla de buen grado, aunque no todo haya sido y sea un camino de rosas. Parece que ambos se llevan francamente bien: se gustan, se entienden y se necesitan mutuamente y hasta quizás se hayan prometido amor eterno. Es como si estuvieran hechos el uno para el otro. Los que sois jóvenes podrías dar ávida cuenta – mejor que yo – de esta apasionada relación. Los que hemos dejado de pertenecer a este grupo sociológico hace relativamente poco, tenemos reciente esta aventura y, en muchos casos, seguimos viviendo de ella. Quienes hace ya mucho que pasaron por esos maravillosos años, quizás tengan más dificultades para aceptar esta “heterodoxa” manera de entender la vida (porque, en el fondo, lo que la música expresa es una cosmovisión y lo que configura es un sistema de valores). Lo importante, más que lamentarse o ignorarlo, es reflexionar sobre el fenómeno con una doble finalidad: primero para aprender a dialogar con sus protagonistas y segundo (pero no menos importante) para comprender ambas realidades (jóvenes y música) y acompañar lo mejor posible a quienes representan el futuro de un mundo mejor.

1.  Jóvenes y música

La música no es patrimonio de los jóvenes. Pertenece a lo esencial de todo ser humano y de todo grupo humano: la infancia, la edad adulta y la llamada tercera edad; los ricos y los pobres; los ignorantes y los sabios; los de derechas, los de centro y los de izquierdas; Norte y Sur; Oriente y Occidente. La música está presente en todas estas realidades, por opuestas que parezcan. Si por algo se caracteriza la música es por su universalidad, por no tener fronteras y por tratarse, en principio, de un lenguaje con el que todo el mundo puede comunicarse. Pero también es cierto que los jóvenes y la música (sobre todo esa música más actual que quizás no todos ni siempre sabemos entender) están enamorados desde siempre y mantienen un estrecho y peculiar lazo de unión. Y aunque a las personas de todos los tiempos y lugares, gustan de la música (al menos algún tipo de música), no cabe duda de que en determinadas edades tiene una mayor presencia y significación. Son los años de la pasión. Esto es así, al menos desde el nacimiento lo que se considera rock (oficial y convencionalmente marcado por la grabación, el 12 de abril de 1954, del tema Rock around the clock, de Bill Haley and his comets). Tras el flechazo de aquellos primeros años, han sido los jóvenes quienes sociológicamente han rondado (en el sentido más genuino de la palabra) a la música, tomando posesión de ella como quien delimita un territorio propio. Sin entrar en análisis de los orígenes de la música pop-rock (que nos ocuparían mucho tiempo y espacio), es en aquella época cuando la música empieza a ocupar cada vez más su tiempo libre y sus momentos de ocio, y marca, sin duda, un antes y un después en esta relación amorosa.

2.  Sensación de libertad

En aquellos primeros años despertó con fuerza el fenómeno mediático musical y desde entonces cualquier encuentro juvenil que se precie tiene, como mínimo, el acompañamiento musical, y está siendo cada vez más a menudo la actividad central de dichos encuentros. Tuvo mucho que ver en esa explosión cultural una tecnología que se fue consolidando y generalizando rápidamente: el para nosotros ya obsoleto transistor. Junto a él se desarrollaron de modo vertiginoso la radio y los formatos musicales que han llegado hasta hoy. De entre ellos, el más famoso es el “top 40”, que sigue generando fieles adeptos. Todo ello, junto con otros factores de tipo socioeconómico, contribuyó a crear nuevas sensaciones de libertad e independencia entre los jóvenes, sensaciones que siguen estando a la raíz de esta relación de hecho y que, por encima de todo, justifican la estabilidad admirable de esta curiosa pareja. En nuestros días, la tecnología digital ha venido a multiplicar hasta el infinito las posibilidades de disfrute de la música: desde la simple escucha hasta la descarga de mp3 a la carta, pasando por la producción doméstica a través de programas informáticos. En el fondo de todas estas manifestaciones, late el grito de libertad que los jóvenes anhelan en un momento de su vida en el que necesitan autoafirmarse (individual y colectivamente) y en medio de una sociedad (familia, escuela, Iglesia…) que no comprenden del todo y en la que no terminan de encajar. Las canciones que escuchan (sean del estilo que sean) enganchan con esos profundos deseos y potencian la necesidad de “liberación” – que ellos llaman libertad - de muchos de los condicionamientos que ellos sienten como una opresión.

3. Cuestión de identidad

Además de la sensación de libertad, tan necesaria para los jóvenes, otro elemento fundamental que la música aporta (y - aquí sí - más en ellos que en otros grupos o personas) es que se convierte en factor de identidad colectiva. Los jóvenes se unen en torno a diferentes estilos musicales que, en muchas ocasiones, generan modos de vestir, hábitos, valores y conductas específicas para cada uno de ellos. No es lo mismo el rap, que el hip-hop, el acid, el heavy o el reggae, tanto a nivel estético como a nivel ideológico. Precisamente por ello, tampoco es lo mismo pertenecer a una tribu urbana que a otra. Rockers, Moods, Punkies, Siniestros, Tecnos, Raperos, Postmodernos, Cibernéticos, Abertxlales, Góticos, Red Skins, Heavies, Acids, Skin Heads, Ciberpunks... Todos ellos se identifican, entre otras cosas, por gustar estilos musicales distintos. La música es expresión de otros elementos de cohesión del grupo mucho más importantes: valores, modos de vida e ideologías, que quizás todos comparten pero en distinta medida. Cada persona es única porque es capaz de tomar sus propias decisiones. Así también cada joven. Pero es innegable la tremenda fuerza que el grupo adquiere para ellos. Pocas expresiones culturales son capaces de hacer al individuo entrar en diálogo y comunión con los otros como la música. De ahí que la música juvenil – de modo privilegiado - genere solidaridad y redes de identidad. La música no es un simple relleno para pasar el tiempo, sino su modo concreto de disfrutar de la vida, de aprovecharla al máximo y de compartirla.

4.  Educación, jóvenes y música

Nuestros jóvenes reciben clases de música desde su más tierna infancia. Esto no quiere decir que salgan de nuestras escuelas con un buen nivel de cultura musical. Y mucho menos que tengan una adecuada educación musical. La cultura musical, desde mi punto de vista, tiene que ver con aquello que cada persona asimila y asume como algo propio y enriquecedor, de entre todos los contenidos que recibe. La educación musical, además, consistiría fundamentalmente en dotar al joven de un talante abierto y de los elementos mínimos que lo capaciten para el diálogo y la tolerancia, más allá de la propia cultura de origen y de los propios gustos personales. Una educación que no tenga en cuenta los elementos culturales específicos que aporta el campo musical es una educación, cuando menos, incompleta. La relación entre los jóvenes y la música, no lo olvidemos, es un hecho consumado. Las experiencias que viven en torno a los distintos ambientes musicales son reales y hemos de estar con los ojos y los oídos muy abiertos para detectar cuáles de ellas son positivas y estimulantes y cuáles pueden resultar sospechosas o incluso nocivas. La música educa al menos en la dimensión lúdica, social y creativa. Sería una opción inteligente la de aunar sinergias y aprovechar la fuerza que la música tiene para integrar en nuestros sistemas educativos (estructurados o no, formales o no, colectivos o no) sus muchos y variados beneficios. Jugando con nuestra metáfora, quizás deberíamos plantearnos la posibilidad de educar a nuestros jóvenes para aprender a vivir una sana relación con su pareja de hecho (la música) tratándola de igual a igual y rechazando cualquier forma de agresión o violencia doméstica que venga desde ideologías manipuladoras o de una despiadada industria discográfica.

5.  Evangelización, música y jóvenes

Lo que es cierto para la educación, es aplicable con mayor razón a la siempre difícil tarea de la evangelización. Es fácil oír hablar o incluso leer – aunque se escribe francamente poco- sobre evangelización a través de la música. Soy de las convencidas de la fuerza impresionante que tiene la música tanto para evocar y generar experiencia como para invitar a la reflexión. Y esto sirve – ¡como no! – para la experiencia religiosa y la reflexión cristiana. Sin embargo, creo que sobre este tema habría mucho que matizar. Evangelización a través de la música, sí, pero, ¿de qué tipo de evangelización estamos hablando? ¿y qué música sería esa capaz de evangelizar? He ahí la cuestión. No es posible en unas pocas líneas resolverla, ni lo pretendo. Pero sí que nos situemos ante estas y otras muchas preguntas, porque de la respuesta depende, al menos, parte de nuestro quehacer pastoral: ¿Cómo integramos la música en nuestra tarea pastoral?, ¿sabemos encontrar lo que de evangélico tiene la cultura musical actual?, ¿conocemos de verdad la vasta gama de autores cristianos (grupos y solistas) que existen en el panorama nacional?, ¿sabemos valorar los distintos géneros musicales que también se dan dentro de la música cristiana?, ¿apoyamos con un consumo responsable a quienes han hecho de la música un imperativo  evangélico y un compromiso prioritario?, ¿qué hemos hecho de la música en nuestras comunidades cristianas? ¿nos resignamos a “padecer” lo que no nos gusta sin tomar parte activa en un cambio significativo y comprometido de sensibilidades y actitudes? Y lo que es peor: ¿qué hemos hecho por la música (en favor de niños, jóvenes y adultos) en nuestros ámbitos eclesiales? Estas y otras muchas cuestiones me surgen a borbotones cuando me asomo a este asunto. Pero lo que está claro es que no se puede prescindir de la música si queremos hacer una labor de evangelización SIGNIFICATIVA con los jóvenes. La música es su pareja de hecho y visto que mantenerla al margen, ignorarla o rechazarla, no ayuda ni a una educación en la fe ni a una integración en la vida de la Iglesia, deberíamos esforzarnos por acoger y valorar adecuadamente esta apasionada relación que parecería casi indisoluble.

6.  La música del evangelio

Todas las cuestiones que hemos abordado en estas líneas, nos llevan a una realidad que, en el fondo, es la única que debiera preocuparnos y es la de ignorar, distorsionar o silenciar la Música del Evangelio. El Evangelio de Jesús tiene música, o, mejor, es música que suena donde y como quiere. Música que a veces es denuncia y otras es anuncio, dulce y amarga, melódica y rítmica, antigua y moderna a la vez. La música del Evangelio – como el Resucitado – surge y suena en los lugares más insospechados y del modo que menos te lo esperas, también en medio de las culturas juveniles y de sus géneros musicales. En ese sentido, tiene muchos puntos de encuentro con los jóvenes, a menudo menos acomodados a sistemas establecidos, más acostumbrados a buscar y abrir caminos, más abiertos a la novedad, venga de donde venga. Lo esencial es dejar que suene libre y aprender a escuchar esa Música, que también, enamorada de los jóvenes y habiendo prometido amor eterno, está buscando ser, sin descanso, su pareja de hecho.

 

Publicado en Boletín Salesiano 2006 (nº 2)

 

 

 

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