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La belleza de la música litúrgica

Borja Iturbe

Cuando vamos a una Iglesia y escuchamos música litúrgica, el primer juicio que nos sale es el juicio estético: ¿Me gusta? ¿Suena bien? Instintivamente rechazamos la música que suena mal, las voces desafinadas, las melodías simples. Nuestro gusto o juicio estético se convierte en juez implacable.

Las siguientes líneas pretenden provocarnos, poner en cuestión el dogmatismo estético. ¿Qué función tiene la belleza de la música en la Liturgia? ¿Debe ser, por encima de todo, bella la música en la Liturgia? Hay muchas razones que nos llevan a afirmar que la música (y el arte) litúrgicos deben expresar belleza: Una de las cualidades de Dios es la belleza. La música intenta expresar esa belleza de Dios, siendo imagen imperfecta de Su belleza perfecta.

Desde sus inicios (pero sobre todo a partir de los siglos IX-X, con la solemnidad litúrgica de la orden de Cluny), la música litúrgica intenta imitar o alcanzar la perfección del cielo, ser un anticipo de la belleza y alegría celestial. Además, los coros de ángeles han sido modelo de los coros humanos. Como argumento antropológico, en el encuentro con Dios que supone una celebración litúrgica, toda persona intenta dar lo mejor de sí, mostrar los buenos sentimientos y deseos, sacar su alegría, y utilizar la belleza como medio de expresión. Como argumento teológico, la importancia de Aquél a quien nos referimos nos obliga a utilizar palabras y gestos dignos. Si visitamos a alguien importante o querido, cuidamos la ropa que llevamos, cuidamos nuestras palabras e incluso la postura de nuestro cuerpo. Y si cantamos a alguien importante, elegimos algo bello, algo sentido y algo acorde a la situación.

Pero me atrevo a formular otros argumentos que afirman que la belleza no es el fin de la liturgia, ni el fin de la música litúrgica. Un corazón vacío jamás transmitirá la belleza. Será, en todo caso, una belleza vacía, falsa. La canción simple y mal cantada de un niño a su madre, se vuelve para esa madre la canción más hermosa del mundo, porque la ilusión del niño pinta de belleza el gesto más simple, y porque el amor de la madre transforma cada nota en canción. La belleza, como fin, puede hacernos elitistas o excluyentes. ¿Hay sitio para una voz que desafina en una asamblea de voces educadas? La belleza como fin excluye también muchos pilares fundamentales de la fe cristiana: la muerte como camino hacia la Vida, el sacrificio, o la opción preferencial por los pobres. Y estos tres elementos son esenciales en la liturgia eucarística, que es la actualización y recuerdo de la entrega de Jesús.

La solidaridad cristiana con los pobres y sufrientes, simbolizada por la espiritualidad de la cruz, introduce la sospecha en la belleza, porque la belleza de Dios trasciende la belleza mundana, y se manifiesta incluso en lo que es inútil, feo o deformado. El esteticismo exacerbado puede falsear o distraer.
La música no es el fin en la liturgia, ni en la espiritualidad. Sin embargo, la comunidad reunida caminando hacia Dios sí es un fin. Si la música ayuda a este fin, bienvenida sea, pero si distrae, es mejor prescindir de ella.

Como conclusión podemos afirmar que la música litúrgica católica no es sólo estética, sino también ética. Una atención exclusiva a la faceta estética de la liturgia puede hacer de ésta un rito vacío y superficial. Una música litúrgica sólo caracterizada por la belleza nos puede distanciar de lo poco atractiva que es la cruz, y de la fealdad de la pobreza presente en los “pobres de Yahvéh”. Partiendo de la espiritualidad de la cruz, debemos introducir una “hermenéutica de la sospecha” sobre nuestra experiencia de la belleza.

Pero ahora surge un problema: si decidimos introducir en nuestra liturgia una música que nos acerque a la cruz o a la solidaridad, ¿cómo concretarlo? ¿Deberá, la música litúrgica católica, expresar nuestra solidaridad a través de un estar inacabada? ¿Deberá expresar la experiencia de la cruz y la entrega con el uso disonancias o tensiones no resueltas? ¿Nos ayudarán los silencios o rupturas del ritmo a encontrarnos con un Dios que rompe nuestros esquemas? ¿Serán las melodías sencillas o accesibles a todos las que unan a los miembros de una comunidad en una sola voz y un solo corazón?

 

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