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Divina música

Maite López

 ¿Qué tiene la música que todo lo dice, todo lo expresa, todo lo sugiere? ¿Qué tiene que entra hasta dentro del alma e invade nuestro mundo interior llenándolo de emociones, recuerdos y deseos nuevos o haciendo que broten aquellos que están ocultos a nuestra propia conciencia?
 
¿Qué tiene que conecta con nuestros momentos de dolor, de nostalgia, de dificultad, de añoranza, de alegría, de ilusión, de compromiso, de esperanza o de oración? ¿Qué tiene que nos envuelve y nos lleva a la complicidad con aquellos con quienes la compartimos? ¿Qué tiene que es capaz de decir todo lo que los seres humanos somos, pensamos y creemos?

Muchas veces he pensado que la música es la metáfora perfecta para hablar de Dios: no puedes verla, sólo a quienes la interpretan; no puedes tocarla, sólo los instrumentos y medios que la producen; no puedes poseerla, aunque te compres todos los CDs de tus artistas preferidos… sólo posees el soporte. Si quisiéramos definir la música o probar su existencia tendríamos que reducirla a una sucesión de ondas sonoras de diferente amplitud y frecuencia. La música, como Dios, no se ve pero existe, es real.

Pasa igual que lo que afirma San Ignacio de la Resurrección, que no se puede experimentar en sí misma pero sí a través de los efectos que produce. De igual manera la música produce siempre algún efecto. Fundamentalmente de tipo emocional: hace referencia a situaciones vitales pasadas, presentes o futuras. Pero también de tipo racional: es fuente de conocimiento. Es medio de inmersión cultural y de socialización… Es relajante y a veces excitante. Puede ser centrífuga, lanzándonos con fuerza al exterior, o centrípeta, acompañándonos a los niveles más íntimos de nuestro interior. La música, como Dios, estará al alcance de cualquiera. Presente en todas las culturas, en todos los acontecimientos, en todos los templos, en todos los pueblos.

Y, dicho todo esto, ¿no sería cierto añadir que la música es, cuanto menos, una poderosa aliada al servicio de Dios?. Abandonarse a la música, siendo consciente del universo emocional que nos descubre, puede ser un modo privilegiado para abrir las puertas Dios.      

Todo es poco para facilitar el camino de encuentro verdadero con Él, que como buen amigo, busca continuamente rendijas y excusas para comunicarse con cada uno.

“Algo” tiene la música de divino, independientemente de su contenido y forma. ¿Quién no se ha sentido alguna vez “en la gloria” escuchando música, bailándola o interpretándola? A fin de cuentas, la gloria (confesada o no, confesional o no) es siempre gloria, participación de la Vida de Dios que nos llega a veces a borbotones y a veces a migajas (en el caso de la música, dependiendo de la calidad humana de la experiencia musical).

Si la gloria de Dios es que el hombre y la mujer vivan…. ¡Cuánta vida gracias a la música!



Maite López
Publicado en www.pastoralsj.org,

 

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